
Esta actitud no es expresión aislada; cada día conseguimos personajes que poco menos gritan su desprecio absoluto por los demás, entrabando cualquier acto humano sólo por la supuesta diversión de sentirse superior, pero ni siquiera son comparables a los animales que marchan en manadas o a los pájaros que vuelan en bandadas. Lo único que demuestran es su coeficiente intelectual escaso y una extraña vocación por entorpecer toda actividad que ellos no controlen.
Los atajos constituyen para el hombre una tentación muy frecuente y para muchos motivo de perdición: allí está los que eligen delinquir para conseguir objetivos económicos por la vía rápida, allí están los que se divorcian porque “les sirvieron la comida fría”. Allí están los que recurren a la mentira como camino corto para no enfrentar la verdad.
El camino al perfeccionamiento no es fácil, requiere constancia, esfuerzo y mucho trabajo. No hay atajos ni recetas para llegar antes a la meta, eso lo pueden certificar los atletas de alta competencia, los médicos y los artistas en todas sus disciplinas. El hombre, a diferencia de sus compañeros en la escala animal, poseyendo además del cuerpo, un espíritu y un alma, prefieren cultivar sólo lo visible (algunos ni siquiera esto), permaneciendo en el nivel de animal, no cultivan espíritu y alma, minimizan la vida usando los atajos de los instintos, viviendo una vida con tanto propósito como el que tienen aquellos perros que corren ladrándole a las ruedas de un vehículo en movimiento.
Quien desconoce a Dios viviendo a nivel de animal, desperdicia su vida y corre el inminente riesgo de morir peor de cómo vivió, ni siquiera como animal. Quien desee elevarse sobre esa condición debe buscar la comunicación con su Creador, mediante el conocimiento del manual del fabricante (la Palabra) y mediante el ejercicio diario de esas reglas establecidas para la convivencia humana, como el amor, la tolerancia y el perdón.
Los atajos constituyen para el hombre una tentación muy frecuente y para muchos motivo de perdición: allí está los que eligen delinquir para conseguir objetivos económicos por la vía rápida, allí están los que se divorcian porque “les sirvieron la comida fría”. Allí están los que recurren a la mentira como camino corto para no enfrentar la verdad.
El camino al perfeccionamiento no es fácil, requiere constancia, esfuerzo y mucho trabajo. No hay atajos ni recetas para llegar antes a la meta, eso lo pueden certificar los atletas de alta competencia, los médicos y los artistas en todas sus disciplinas. El hombre, a diferencia de sus compañeros en la escala animal, poseyendo además del cuerpo, un espíritu y un alma, prefieren cultivar sólo lo visible (algunos ni siquiera esto), permaneciendo en el nivel de animal, no cultivan espíritu y alma, minimizan la vida usando los atajos de los instintos, viviendo una vida con tanto propósito como el que tienen aquellos perros que corren ladrándole a las ruedas de un vehículo en movimiento.
Quien desconoce a Dios viviendo a nivel de animal, desperdicia su vida y corre el inminente riesgo de morir peor de cómo vivió, ni siquiera como animal. Quien desee elevarse sobre esa condición debe buscar la comunicación con su Creador, mediante el conocimiento del manual del fabricante (la Palabra) y mediante el ejercicio diario de esas reglas establecidas para la convivencia humana, como el amor, la tolerancia y el perdón.
“Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella, porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. (Mateo 7:13-14).